Paradojas

CINTILLO opinionPAULA ARROYO.  Hoy en día vivimos en una sociedad que está en constante cambio; una sociedad exigente y diferente a la que conocieron nuestras generaciones pasadas. En muchos aspectos puede decirse que ha ido a mejor, como en la ciencia o la tecnología, campos en los que ha habido grandes descubrimientos. Pero hablemos de las personas que conformamos esta sociedad. Desde siempre se ha acostumbrado a una cierta inclinación del hombre frente a la mujer, tanto en el ámbito laboral como en el personal; en lo público como en lo privado. Con el paso de los años y la evolución de esto a lo que llamamos sociedad, la mujer ha conseguido tener más presencia y ser más valorada. Pero a pesar de ello, si nos pusiésemos a hablar con diferentes personas, la mayoría de ellas se mantendrían en la posición de que la sociedad sigue siendo machista y hay cierta discriminación hacia la mujer.

No voy a caer en los típicos clichés de discriminación que todo el mundo conoce. Pero sí en cómo la mujer quiere que la respeten pero provocando. Esta sociedad constantemente se contradice. Muchas mujeres no quieren que el resto de hombres las vean como meros objetos, pero no parece lo mismo si observamos su manera de vestir o actuar. Son varias las que exponen sus cuerpos constantemente sin reparo alguno; se dice que se quiere igualdad para todos pero a la hora de entrar a una discoteca, por ejemplo, ellas siempre quieren hacerlo gratis, mientras que ellos siempre tienen que pagar. Pero también sucede al revés. Ocurre que los hombres se dejan seducir por la idea teórica de la igualdad, pero no todos son capaces de llevar tal cosa a la práctica. Una empresa que contrata a mujeres para poder tener en su plantilla una equidad de género entre empleados, pero termina pagando más por el trabajo de ellos que el de ellas, aun pudiendo ser el mismo.

Son cosas que todavía pasan. Un joven que acude a continuas manifestaciones o promueve proyectos de igualdad, pero después en casa menosprecia a su madre, novia o hermanas. Cocinar, limpiar la casa, repartir tareas domésticas en definitiva, siguen siendo cosas por las que los hombres sienten que debieran sumarse, pero tanto cuesta a la hora de la verdad para muchos de ellos. Y tantas cosas más.

Contradicciones, todo, que al fin y al cabo ya decía el poeta: somos ridículos, entrañables y contradictorios. Paradojas que salpican los bordillos de la actualidad y se escurren hacia las alcantarillas como el agua de la lluvia, como si ya no existieran, si no pudieran verse, pero siguen recorriendo las venas de cualquier ciudad aunque pesen menos que antes; y aunque la idea de avanzar haya mermado el avance, como puede pasar tantas veces, es evidente el brindis de dos copas de champán que terminarán, tarde o temprano, en beso. “No hay normas. Todos los hombres son excepciones a una regla que no existe” escribía Pessoa. Y así, poco a poco, nos hemos ido saltando las reglas, buscando siempre esa igualdad. Que terminará por ser como cualquiera, esa propia excepción que contradiga todo lo injusto del pasado.

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