Si no lo cuenta es porque tiene algo que ocultar

CINTILLO opinionCECILIA MOLINERO.  Siempre me pregunto cómo pudieron mis padres mantener una relación a distancia en sus tiempos. Madrid Cádiz sin internet, sin móviles, casi incluso sin teléfono. Años y años manteniendo el amor con una visita cada seis meses y una carta semanal. “Ahora es mucho más fácil” me dice siempre mi madre. Tenemos llamadas internacionales, mensajes instantáneos, Skype, todo gratuito, y como no, nuestros queridos Instragram y Facebook, con los que podemos saber casi a tiempo real dónde esta, con quién esta y qué esta haciendo cualquier persona del mundo.

Desde luego el contacto no se pierde nunca. Las amistades lejanas se hacen eternas y las oportunidades de conocer gente y enamorarse son cada vez mayores. Sin embargo, ¿cuántas discusiones hemos tenido por malinterpretar fotos o comentarios?, ¿cuántos celos infundados han acabado con nuestra confianza en las personas?, y por supuesto, ¿cuántas tonterías llegamos a decir en nuestras eternas conversaciones por no quedarnos callados? Con lo bonito que es el silencio entre dos personas que se quieren. Hemos perdido esos momentos en los que la confianza lo era todo.

Vivimos en una sociedad presionada por la opinión ajena y el que dirán. Estamos atados a unos aparatos que nos controlan las 24 horas del día expropiándonos de nuestro espacio personal. No es posible estar todo el día chateando con una persona. Se acaban los temas de conversación y cuando eso ocurre llegan las tonterías, el aburrimiento y las discusiones. Y cuando por fin estamos junto a esa persona desaprovechamos el tiempo chateando con otros tres amigos a los que habremos visto hace solo unas horas. Todos los días me veo en la situación de estar con alguna amiga en clase o comiendo, y en vez de hablar chateamos a través de algún chat de grupo en el que las dos somos miembros. ¿No es absurdo?

Pero el problema no es solo el mal uso que hacemos de las redes sociales sino el control que llegamos a ejercer sobre la otra persona. Las horas de conexión en Whatsapp nos permiten saber la hora exacta a la que alguien se ha conectado, se ha desconectado, ha leído mi mensaje, me ha respondido, o lo que es peor, la hora a la ha decidido no responderme. Es probable que esa persona estuviera conduciendo, comiendo, estudiando, o que simplemente no quiera contestar en ese momento y lo deje para más tarde. No significa que no te quiera, significa que, gracias a Dios, su mano no vive pegada a un móvil. Pero no importa. Ese hecho insignificante es suficiente para que nuestra mente vuele a universo paralelo en el que nuestra pareja ya no nos quiere y, es más, seguramente nos esté engañando con otra persona y por eso no contesta. Todo eso se traduce en: discusión absurda.

Nos ha nacido en los último años una extraña obsesión por leer absolutamente todos los mensajes que nuestro novio o novia envíe, incluso a su madre, porque ¿quién sabe?, podría estar hablando de mi y no precisamente bien. Tendemos a pensar que nuestra pareja nos va a engañar y eso nos lleva a hacer cosas absurdas. Robar contraseñas, leer mensajes privados, espiar perfiles. Acabamos malinterpretando conversaciones a causa de celos sin sentido y provocamos discusiones sin fundamento. Al final las relaciones se acaban pero no por engaños, sino por aburrimiento. Desgastamos el amor porque lo maltratamos y ponemos a las personas a prueba hasta unos limites inaguantables.

Sí, es verdad, ahora tenemos más amigos y más parejas a lo largo de nuestras vidas. Pero si tenemos cien amigos es porque no supimos cuidar a los cinco que eran de verdad. Llegamos a tener hasta diez parejas “estables”, pero solo porque no supimos hacer que la persona adecuada se quedara a nuestro lado.

Hago esta crítica siendo consciente de que yo soy una de esas personas absorbidas por las redes sociales y envidiando profundamente a mis padres. Puede que solo hablaran una vez a la semana a través de cartas y que de doce meses al año estuvieran juntos solamente dos, pero probablemente esa carta semanal fuera mucho más verdadera que todos mis mensajes, y esos dos meses, más intensos que todos mis encuentros diarios.

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